Kristalina Georgieva pisó Buenos Aires por primera vez desde que conduce el FMI. La visita anterior de un director gerente databa de 2018: Christine Lagarde, por el G20. El itinerario contó tanto como las declaraciones: Casa Rosada el lunes, cena con empresarios, y el martes Loma Campana, el corazón de Vaca Muerta, con mameluco de YPF. Caputo le regaló una camiseta argentina con la 10 y su nombre; ella devolvió el gesto en su blog de despedida comparando la estabilización con la carrera de Messi: los grandes logros tardan. El elogio fue explícito y con cifras: dos años seguidos de superávit primario, los primeros en quince; inflación en torno al 30% contra más de 200% dos años y medio atrás; las tres calificadoras subiendo la nota; más de USD 45.000 millones aprobados bajo el RIGI y un pipeline que duplica esa cifra. Todo eso es textual del Fondo.
Lo que la visita no dejó es igual de concreto. Ni comunicado ni desembolso. La tercera revisión, la que audita las metas al 30 de junio, arrancó el viernes con jefa de misión nueva, y el directorio la trataría hacia septiembre. Los montos que circularon en la prensa son especulación; el Fondo no publicó ninguno. Georgieva dijo además que no prevé que la Argentina necesite financiamiento adicional antes de 2027. La traducción operativa quedó en una frase al ministro de Finanzas: “sigan comprando”. El contexto le pone peso a cada palabra. La Argentina es el mayor deudor del organismo, con DEG 42.552 millones (unos USD 58.000 millones): el 34,5% de todo lo que el Fondo tiene prestado, casi cuatro veces la deuda de Ucrania. La torta lo muestra mejor que cualquier adjetivo.